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El templo que se enciende con la noche en Chennai

Sep 9
3 min read

En el corazón de Mylapore, el barrio más antiguo de Chennai, se alza desde el siglo VII una torre de piedra que parece haber sido esculpida por manos que ya no recuerdan el tiempo. El gopuram del Templo Kapaleeswarar, de más de treinta metros de altura, cubierto de divinidades pintadas en ocres, azules y dorados desvaídos por el sol, no anuncia el mediodía: anuncia la tarde. Es entonces, cuando la luz de Chennai empieza a inclinarse y perder su filo, cuando el templo deja de ser un monumento para convertirse en un organismo vivo que late al ritmo de campanas, tambores y pasos descalzos sobre piedra tibia.


Cuenta la leyenda que en este mismo suelo Parvati, bajo la forma de un pavo real, rindió culto a Shiva, de ahí el nombre tamil de la zona, Mylai, "lugar del pavo real". Esa historia no es un adorno, es la clave para entender lo que sucede al caer la tarde. Porque si el dios fue adorado aquí por su propia consorte transformada en ave, el templo entero parece guardar la memoria de ese gesto, y cada atardecer repite, en otra escala, aquel primer acto de devoción silenciosa.



Pasadas las cinco de la tarde, cuando el calor cede, el tanque sagrado del templo comienza a llenarse de gente. No de agua, esa ya está allí, quieta, oscura, reflejando el cielo que empieza a incendiarse, sino de manos. Cientos de manos colocando pequeñas lámparas de aceite en los escalones de piedra, una junto a otra, hasta que el borde entero del tanque parece bordado de estrellas caídas. Es un trabajo colectivo y silencioso, casi litúrgico en sí mismo, que antecede al verdadero ritual: nadie sabe bien quién empezó a encender la primera lámpara, pero todos saben que, una vez encendida, no debe apagarse antes de que caiga la noche.




Dentro del santuario, mientras tanto, los sacerdotes preparan la ceremonia que en tamil se llama deepa aradhana, la ofrenda de la llama. Con el lingam de Kapaleeswarar ungido de ceniza sagrada y guirnaldas frescas, el sacerdote principal alza una lámpara de múltiples brazos y traza círculos lentos frente a la imagen, mientras el humo del alcanfor se enrosca hacia el techo tallado. El sonido del nagaswaram, ese oboe de aliento largo y quejumbroso, y el redoble grave del thavil llenan los corredores de columnas, y por un instante el tiempo lineal de la ciudad de afuera, con sus bocinas y su tráfico, deja de existir por completo.



Es en esas horas, entre las seis y las nueve de la noche, cuando el templo revela su cara más mística. Los othuvars, cantores tradicionales que llevan generaciones transmitiendo los himnos tevaram compuestos por los santos Sambandar y Appar hace más de mil trescientos años, entonan versos en tamil antiguo que nadie necesita traducir para sentir su peso. No es información lo que transmiten esos cantos, es una vibración que atraviesa el pecho de quien escucha, creyente o no, porque la lengua sagrada, cuando se canta bien, no necesita ser comprendida para ser sentida.


Para los hindúes, el Templo Kapaleeswarar no es solo un monumento del siglo VII: es uno de los santuarios shivaítas más venerados del sur de la India, cantado en el Tevaram y reconocido como uno de los Paadal Petra Sthalam, los lugares que los santos tamiles glorificaron con sus himnos. Visitarlo, sobre todo al atardecer, es participar de una cadena ininterrumpida de devoción que se extiende por más de mil años, y por eso, como en todo templo hindú, se entra descalzo: dejar el calzado en la puerta es un gesto de humildad ante lo sagrado, una forma de despojarse del polvo del mundo exterior y de recordar, con la planta del pie desnuda sobre la piedra fría o tibia, que uno pisa un suelo que no le pertenece, sino que ha sido consagrado a Shiva y a Karpagambal desde tiempos que la memoria apenas alcanza a nombrar.


Crédito de fotografía: el Gobierno de la India.


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